Angustia y desesperación como condición del mal de la existencia
DOI:
https://doi.org/10.5281/Resumen
La angustia (Angest-Angst) kierkegaardiana es el ancla del concepto de la desesperación (Fortvivlelse-Verzweiflung), ambos conceptos descifran el sufrimiento primordial y más profundo de la condición humana, la que Kierkegaard va a redondear como «la enfermedad
mortal». La angustia es con la que el ser humano se vincula al mundo y la desesperación es la relación del ser humano consigo mismo lo que constituye su «yo». Ambos movimientos se enfrentan a la imposibilidad de la realización del yo, son insuficientes, lo que marca la radical finitud de la condición humana. Para la realización hay que acudir a la relación con el poder fundante, Dios, aquel para el que todo es posible. Aun así, la angustia y la desesperación permanecen, pues una relación con el Absoluto, aunque posible, carece de garantía de realización y sobre todo lleva una tendencia a no realizarse. La relación con lo trascendente además es un salto paradójico porque es llevado a cabo por la pasión de la fe desde una irracionalidad que asume riesgos desmedidos: no tiene entendimiento cabal de lo que sucede y comete locuras éticas como la disposición de Abraham frente a su hijo. Con lo cual está en el terreno de lo absurdo sin máxima certeza y es vivido como una experiencia de «temor y temblor», sobre todo con valor subjetivo y no comprendido en el seno social. Al notar el aburguesamiento de la fe cristiana y la apariencia de imposibilidad de la relación entre lo finito y lo infinito, el danés ha descubierto el efecto neutralizador y aquietador de la ideología. Aunque la fe cristiana es un problema paradojal (Dios se ha hecho carne y se ha insertado en el tiempo), pues la paradoja es la cualidad de humildad del Absoluto, el cristiano debe asumirlo de forma radical-existencial.
Para ello se requiere un esfuerzo supremo y esta sería la terapéutica al mal de la angustia y la desesperación, o sea al mal de la existencia. Sería otra forma de ironía socrática que conduce al «conócete a ti mismo» desde el aparato cristiano. La relación entre la angustia y la desesperación es una dialéctica, como es la del dudar y la dualidad, propias de la filosofía. Pensar la existencia auténticamente conlleva entonces ponerse delante de Dios, que es lo totalmente «otro», la diferencia y con ello aprender a angustiarse.
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